jueves 8 de diciembre de 2011
El gato (dibujo gráfico de Reena)
El Señor Ian Lars era más feliz ahora. Cada noche descansaba en el porche, en su balancín, con una cerveza y una sonrisa despampanante. ¡Por fin se había librado de esa bruja! Se acabaron las quejas por no limpiarse las botas en el felpudo, o por dejar mal puestas las toallas del baño después de usarlas. Ahora se aseaba cuando quería y se cambiaba de camiseta cuando le cuadraba. Y lo que era mejor: los platos se acumulaban en la pila hasta que no hubiera más en la alacena.
Era feliz, sí. Y hasta había conocido a una tipeja simpaticota en la tienducha del pueblo. Seguro que en un par de días la tenía instalada en la casucha y le fregaba los platos. Eruptó y volvió a beber un gran trago de cerveza.
Y entonces lo vio. Aquel gato negro…
Sacó los pies de la baranda del porche y contempló al felino. El atardecer había dado paso a una noche oscura, casi sin estrellas, en la que la silueta de la luna emergía, por algún motivo, de color anaranjada. Era la noche de Halloween. Siempre tenía ese color por esas fechas. El Señor Lars observó el contorno de aquel maldito gato. Se contoneaba delante de él, levantando la cola y husmeando entre las caléndulas.
- ¡Maldito bicho! ¡¡Fuera!! – y le lanzó el botellín de cerveza.
No llegó a darle, ni a acercarse siquiera. El Señor Lars era un holgazán que gustaba de no hacer nada, cosa que siempre le había reprochado su mujer antes de tropezar en el escalón suelto de la escalera. Él no tenía culpa de su torpeza; él siempre lo saltaba y nunca se había caído. También era mala pata que se muriera justo el jueves, día de bolos. Como dictaminó el Juez de Paz que vino a darle el pésame, si hubiera sido cualquier otro día, seguramente se hubiera podido hacer algo por ella. Había muerto rodeada de sus gatos, quienes le hicieron compañía hasta el entierro; y después también, cuando les enterró ese mismo día para que no los echara de menos allá arriba.
Y ahora aquel maldito bicho le observaba con fijeza desde aquel planterre pisoteado. Le amenazó con el puño.
- ¡Largo! O tendré que matarte como a los demás.
El gato cruzó a su lado con paso altanero, casi danzando sobre sus cuatro patitas mientras atravesaba el porche y se adentraba en la casa. El Señor Lars no ahogó el insulto. Ahora no tenía mujer que le gritara por sus palabrotas. Le persiguió.
Lo encontró subido en la pila de la cocina, observando los platos sucios. Le lanzó un paño de cocina oleoso, pero el gato lo esquivó con facilidad. Saltó al suelo y correteó por la zona del comedor, moviendo sus bigotes oscuros, como si le reprochara el desorden.
- ¡Te vas a enterar! ¡Largo de aquí! – y le lanzó un jarrón de flores resecas, que se hizo añicos a varios palmos de distancia. El Señor Lars nunca había sido bueno con el beisbol. Prefería verlo en la tele en blanco y negro que tenía escondida en el garaje.
El animal era mucho más ágil que aquel barrigón entrado tanto en años como en carnes. Trepó por la barandilla de la escalera y subió con tanta rapidez que resultó una mancha oscura para su vista cansada,
- ¡Maldito gato de los demonios! – exclamó, sumamente enfadado. – Voy a por mi escopeta.
Y la encontró, aunque aún tardó lo suyo en cargarla con los perdigones. Para cuando la tuvo lista, el gato ya se encontraba en la cabecera de madera de la cama de matrimonio. En el primer disparo arrancó esquirlas de lana del colchón. El gato permaneció desafiante en la mesita. El segundo alcanzó una fotografía de su difunta, que saltó por los aires antes de estamparse en el suelo con un ruido de cristales rotos. Cuando cargó el tercer disparo, el gato saltó de nuevo y huyó por la puerta.
- ¡No huyas ahora, pérfido! – le gritó.
Y le persiguió. Iba a darle fuerte, iba a cargarse a ese maldito bicho. Pero el gato se arqueó al verle y saltó hacia él en cuanto llegó al pasillo. Le arañó la cara, seguramente buscando sus ojos. El Señor Lars manoteaba en el aire, intentando librarse de ese atacante. Consiguió atraparle por la cola y arrancarle un enorme maullido de dolor.
- Sufre. Vas a morir como los otros. Muere. Muere…
Y lo lanzó con fuerza contra la pared para que se rompiera todos los huesos. Después levantó la escopeta y con una de las manos intentó quitarse la sangre que le caía sobre los ojos. El maldito gato le había arañado la calva. ¡Iba a darle su merecido!
Y resbaló.
El primer escalón suelto de la escalera, el que siempre bordeaba cuando iba a la cama, el que nunca quiso reparar porque le daba pereza, hizo que metiera el talón de su bota en él y perdiera el equilibrio. Sus manos sujetaban la escopeta y aunque tuvo el reflejo de agarrarse al pasamanos, no llegó a tiempo. Resbaló y la escopeta se disparó mientras caía. Rebotó contra los peldaños y quedó postrado en el último, inerte, incapaz de moverse, sin entender la ironía de morir en el mismo lugar que su mujer. La vida se le escapó por el agujero de perdigones en sus tripas. Aún así, aún tuvo tiempo de soltar una maldición al ver al gato negro, de ojos rojizos, que bajaba la escalera con gran parsimonia, casi como si saltara de alegría. Se sentó a su lado, contemplando su último insulto y después cuando ya los ojos quedaron vidriosos y no hubo más aliento, el gato se incorporó, manchó sus almohadillas en la sangre de su cabeza abierta y se fue al exterior, junto a las caléndulas, dejando un rastro de patitas sanguinolentas.
Oferta. Se vende a buen precio.
¡Se iban a enterar! Estaba harta, muy harta, de esos vecinos tan mal educados y tan molestos. Si lo que querían era molestar, ella sabía más. Ella también sabía hacer ruidos.
La mujer terminó de recogerse el pelo oscuro en aquel moño y se observó en el espejo para ponerse la redecilla. Era mayor pero las canas aún no asomaban más que en leves insinuaciones. Se sujetaba aquel rizo suelto con una horquilla de plata cuando la vio. Aquella jovencita rubia de piel blanca le estaba espiando. Vio como inflaba su nariz respingona y sus ojos claros se abrían y la señalaba. Algo le decía a su madre y ésta, sin ninguna consideración al decoro, también la miraba de forma descarada. Tomó un frasco de perfume francés y lo lanzó a aquel par de mironas.
- ¡Basta! ¡Dejarme en paz! ¡Dejar de observarme!
Más tarde lamentaría haber perdido aquel regalo de un galán ya desaparecido en algún lugar de la Gran Guerra, pero en aquel momento sonrió vengativa cuando notó que varios fragmentos de cristal cortaban y desfiguraban la cara de aquella frágil y delicada metomentodo. Su orgullo y su vanidad se vieron ensalzados con la sangre que le resbalaba de las mejillas. Se lo tenía bien merecido, por espiarla.
Pero su gozo duró poco. La música volvía a meterse por todas partes. Sentada en su sillón preferido de ante verde, se tapaba los oídos con las manos, intentando esconderse de aquel ruido infernal con que la atacaban. No lo aguantaba más, le iba a reventar la cabeza como siguieran con esa melodía incesante una y otra vez.
- ¡Malditos, malditos, bajar esa música de una vez! ─ les gritó.
Y muy enfadada tenía que estar para dejarse llevar por una explosión cruel y tal vez pueril de su carácter. Tiró al suelo todo lo que había encima de la mesa, los jarrones estallaron en mil pedazos y la loza y las flores volaron por todas partes. Golpeó con fuerza los adornos de las estanterías y lanzó las sillas contra las ventanas. Cuando el aire del atardecer le trajo el aroma de las rosas se dio cuenta que, otra vez, había cedido a su rabia. Apretó el paso, sintiéndose enfadada con aquellos vecinos que le habían hecho alterarse de aquella manera y enfadada consigo misma por no saber arreglar la situación sin romper los hermosos jarrones chinos que le había regalado un mariscal en su juventud. Debía relajarse, debía recuperarse. Se echaría un rato en su recámara. La próxima vez intentaría hablar con ellos. Al menos, ahora la música ya no sonaba.
- Dama de los Espejos ¡Dama de los Espejos!
La voz la despertó. Se había puesto una compresa fría en la frente para paliar el latente dolor de cabeza. Pero aquella voz grave había penetrado en sus sueños y le había hecho abrir los ojos.
- Dama de los Espejos, manifiéstate, por favor.
Se levantó malhumorada. ¿Ahora también la acosaban mientras dormía? Taconeó con fuerza, desgastando su furia en el ruido de sus tacones. Se asomó. Eran los vecinos y además habían traído invitados. Suspiró y recordó que se había prometido intentar arreglar aquella situación por las buenas.
- ¿Por qué no me dejáis descansar en paz? – intentó no chillarle; no le gustaba su tono.
- Dama de los espejos, ¿tú no descansas en paz? – le preguntó de nuevo.
Empezaba a cansarse de aquel juego, así que movió su mano contra la mesa, tamborileando los dedos, y le espetó en la cara:
- No se puede descansar con gente que no respeta la intimidad de los demás, que pone la música alta y que rasca con las sillas y que... que... pone esas lámparas de luz a todas horas.
La muchacha de piel blanquecina se puso a sollozar. Llevaba la cara vendada y la escondió entre los brazos de su madre.
- Esa desconsideraba me espiaba, ¿entiende? Miraba como me peinaba. Usted debería darle una educación, señora – y acompañó su queja con un golpe en la mesa.
Todos saltaron al sentir aquella vibración sobre la antigua mesa de madera. La familia se miró, inquieta. Habían sentido los pasos, unos dedos en la mesa y ahora este golpe. La hija lloraba y la madre la arropaba como podía. El espiritista volvió a encender la vela y volvió a hablar delante de aquel cristal.
- Dama de los Espejos, ¿por qué no dejas de acosar a esta familia? Te tienen miedo.
La mujer volvió a enfadarse, olvidando todo deseo de ser amable. Golpeó la mesa, tiró los papeles al suelo, lanzó los candelabros por los aires y pateó con furia la silla de aquella desvergonzada. Se dio media vuelta; debía alejarse o aún la arañaría. Se volvió unos instantes antes de desaparecer.
- Ellos me acosan y no me dejan en paz. ¿Por qué no se van ellos? Esta casa es mía. Lo es desde que morí en los años sesenta. O me respetan o me verán en todo espejo, en todo reflejo, en todas partes de la casa. ¡No se librarán de mí nunca!
Y cerró la puerta con tanta violencia que ellos sintieron el golpe y vieron caer un cuadro de la familia con la vibración.
Fue cuando se dieron cuenta de que no podrían encontrar la calma en aquella casa y que era mejor venderla, empezar de nuevo en otro lugar, dejándosela a su iracundo fantasma, para que descansara en soledad.
La Cementera
Se pasó la mano por la barbilla, limpiando parte de la sangre que aún goteaba hacia su sudadera sucia; se relamió de nuevo, esta vez de deseo. Miraba a los lados y parecía muy perdido.
“Si te sales del rebaño, eres mío”.
Volvió a relamerse y sacó los estiletes del bolsillo. Si no estuvieran cerca los habría afilado contra el borde de aquel pilar, para eliminar los rastros de la anterior víctima. No importaba. Eso ahora no importaba. Lo importante era acercarse sin que se percatara de su presencia hasta que fuera demasiado tarde.
Sin embargo, esa tribu estaba buscándole, no tenía mucho tiempo para lanzarse encima. Y seguro que los progenitores detectarían su ausencia enseguida. Se notaba a una legua que no estaba acostumbrado a quedarse sólo. Estos nuevos... No sabían subsistir en manada en los suburbios derruidos, como él. Era un cazador solitario, sabía esconderse en los recovecos más escondidos. Nunca darían con él, podría seguir alimentándose de ellos mientras no huyeran a los albañales. Aquellos eran terrenos poco seguros para nadie. Los Ahuyenta-Muertos no dejaban vivo a quien se adentrara en ellos.
Correteó hacia una estructura oxidada. Puede que en el pasado fuera alguna plataforma de algún bus nocturno ante aquella fábrica de cemento. Ahora podía camuflarse en ella entre los huecos de los hierros retorcidos. El chiquillo apenas sintió su deslizarse. Le veía retorcerse las manos. Lo notaba tan perdido, tan sólo, tan... apetecible... ¿Le lanzaría uno de los cuchillos para matarle a distancia?
Sabía que no... No había nada tan excitante como ver los ojos de la víctima languidecer y apagarse, con su imagen grabada en ellos. Su sangre debía de ser tan caliente... Movió sus pies, impaciente, porque no podía aguantar más el deseo de acercarse a él. Oteó el ambiente. No olía a extraños. La tribu debía de haberse ido sin él. Ahora era suyo.
“Si te sales del rebaño, eres mío”.
Tarareaba la cancioncilla una y otra vez, convencido de que la presa no lo vería venir cuando se le tirara encima. Ya saboreaba su carne suave y dulce. Los adolescentes aún tenían un sabor acaramelado que perdían cuando les crecía el vello facial. Los prefería así, desvalidos, temblando de miedo, desprendiendo ese olor a confite que le erizaba el cabello. Siseó sin darse cuenta, con la lengua pegada a sus dientes.
La víctima pareció notarlo y se sobresaltó. Aguzó el oído. Corría de forma tan ruidosa que no tuvo ninguna duda de a dónde se dirigía a pesar de no verle en las sombras. Era imposible no sentir aquel corazón asustado bombeándole con fuerzas en sus jovencísimas venas. Si seguía corriendo sin adecuar su esfuerzo a su potencia, se cansaría en segundos. No llegaría al tubo transportador de cemento, ahora vacío y semiderruido. Se quedaría a mitad de camino.
Sintió que llegaba a lo que quedaba de la mezcladora. Antes de las tolvas caídas ya se había cansado y tropezado varias veces. Él avanzó despacio y decidió jugar un poco con él. Adoraba cuando caía encima de sus víctimas y sentía el corazón agotado que cedía a su empuje. La sangre entonces caía a borbotones, a ráfagas continuadas de aquellas venas que no habían detectado aún que se perdían en cada chorro que arrojaban fuera del cuerpo. Adoraba esos ojos cuando se perdían mientras el calor de su flujo seguía aún vivo. Si no le perseguían, como ahora, se quedaba un tiempo, seccionando sin prisa los músculos, aún llenos de la adrenalina que les había impulsado a huir de él.
¡Oh, cómo adoraba esas persecuciones! Le daban a la carne un sabor tan apetitoso... Sería un gran festín para esta noche de Halloween. Se regocijaba en este pensamiento mientras escuchaba su avance por la fábrica abandonada.
Pasó la mano por las tolvas por las que el muchacho acaba de cruzar. Del suelo recogió un pedrusco del embalse de agua, de cuyo engrudo seco sobresalían entramados de vigas que en su día le dieron forma. Sonrió por primera vez al lanzar lejos, hacia un lado diferente del que seguía el muchacho. Como siempre, las víctimas eran tan predecibles... El joven se paró en seco, jadeando. Se lo imaginó agachado, con las manos sobre las rodillas, intentando recuperar el resuello antes de volver a la carrera.
“Si te sales del rebaño, eres mío”, canturreaba ya en voz no tan baja.
Y así era como lo había llevado hacia la cementera derruida. Pobre chico... Ya no tenía escapatoria. Entre los bidones de aceites requemados, los ladrillos que aún conservaban parte del barniz, los residuos de lo que en su día fue un gran silo, entre los palés de madera podrida, aquel muchachito sería suyo.
Sacó sus cuchillos curvos y los hizo brillar ante la escasa luz de la luna que se infiltraba por el techo derruido. El chico jadeaba, tal como se lo había imaginado. Sus músculos estaban tensos en aquella casi inexistente ropa que le cubría. Su pelo era corto, de niño. Le había sobrevalorado. No superaría los once años, la edad exacta para que su sabor fuera inmejorable, apenas un efebo de piel suave. Se le hizo la boca agua y avanzó, arrastrando los pies, amenazándole.
- Has conseguido cruzar el paso de tu niñez a la pubertad, Elphias.
La voz le sorprendió y se giró, comprobando que había mucha gente a su alrededor, cerrándole el paso. Niños y adultos contemplaban la escena, con sonrisas ansiosas en el rostro.
- Mátalo, que su sangre te haga Hombre en este día de Halloween – volvió a decir la misma persona.
Se fijó en el muchacho de nuevo. Se había acercado con tanto sigilo que no vio llegar el hacha que se incrustó en su cerebro antes de preguntarse por qué los Ahuyenta-Muertos habían salido de los albañales.
Y, ciertamente, prefería estar muerto cuando iniciaran sus macabros rituales...
Fosa L-357
El sepulturero había visto de todo en su vida. Pero aquello, para él, era nuevo. Nunca antes había visto una muerta que no lo estuviera. Pero el cartelito de su pie era claro: Desconocida. Fosa L-357. Lo que significaba que nadie había ido a reclamarla en su día.
El sepulturero ya hacía mucho que había dejado esos años mozos en los que sus ojos camelaban a flacuchas damiselas. Ya había olvidado qué era enamorarse. Pero aquella visión de la mujer pálida, hebras de plata en su cabeza casi descompuesta, los jirones de un vestido claro, piel pegada a unos huesos salientes, le había despertado algo que había permanecido dormido mucho tiempo. Se miraron.
- No puede comer los otros cuerpos..., señorita...
El cadáver cesó de hurgar para girarse hacia él. Sus ojos no cesaron de mirarse, a pesar del ruido de aquel órgano sobre el pavimento grisáceo que ella dejó caer. La Dama, su Dama, avanzó hacia él; el sepulturero sintió la sensualidad de aquellos pies arrastrando el numerito del depósito. Le sonrió.
- Debe volver a su nicho, señorita. No puede pasearse por aquí.
Avanzó un paso hacia ella.
- Pueden verla...
No podía dejar de mirarla. Tuvo que ser bella cuando estaba viva. La fallecida llegó hasta él y pudo comprobar la calidad de la tela que aún le cubría los hombros. En algún momento, aquel ropaje sería de seda de alta calidad, y tal vez un sombrero cubriera aquella cabellera larga, ahora gris perla. ¿Cuántos años llevaría muerta? Le tendió la mano, galante, esperando una respuesta. Pero no hablaba, ni sonreía. La difunta sólo le miraba. La mandíbula cedió un poco y le pareció distinguir en ello una mueca afirmativa.
- Permítame que le acompañe. La Fosa L- 357 no está lejos. Es en la parte antigua.
La mano huesuda rozó la piel húmeda del sepulturero y un escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Cuánto tiempo sin sentir una mano femenina! Por unos instantes, el hombre deseó no haber bebido tanta cerveza ese día. Ahora dudaba si no sería un delirio el disfrutar de su compañía.
La noche era agradable a pesar de empezar noviembre. La luna lucía algo apagada. Aunque le hubiera gustado pasear en su fase llena, al menos ahora evitarían miradas fugaces que pudieran destrozar aquel momento. El sepulturero estaba exaltado, excitado. Pasear con una Dama a aquellas horas era un lujo que no se permitía desde no recordaba los años que hacía. Las lápidas lucían difuminadas en aquel camino de piedra; los tobillos de ella rascaban de una forma encantadora en el silencio de la oscuridad latente. Su líbido despertó al ver la fosa abierta en la que ella descansaba. ¿Desde cuándo salía? ¿Y por qué él no la había visto nunca, en todos los años que allá llevaba como encargado de las tumbas?
- Hemos... Llegado.
Le había parecido corto, un trayecto demasiado breve en tan cautivante compañía. La mujer giró su cabeza hacia él. Juraba que sonreía.
- Espere, le limpiaré su... cama..., su... tumba...
Se sentía nervioso. El final se acercaba. Y él no quería perderla. Sacó huesos de seguramente algún animal que le hubiera servido para alimentarse, otros era claramente humanos, algunos demasiados pequeños, otros devorados por entero, algunos conservaban aún restos de piel. Suspiró. Entendía ahora las desapariciones que tanto habían traído de cabeza a las Autoridades.
- Cuidaré de Usted, pero no salga. No quiero que le pase nada. Le traeré comida, ¿vale? Pero no se ausente del cementerio. Aquí puedo cuidarla. Yo...
No iba a dejar que nadie la atrapara nunca, ahora que la había encontrado. La mujer rozó el borde de la tumba. Él sepulturero, solícito, la tomó en brazos y la bajó dentro. Estuvo allá, rozando sus huesos, sintiendo el fru-frú de la tela carcomida, deseándola. Ella también pareció quedarse esperando algo. Después, cuando la noche se hizo completamente oscura, como preludio del día que llegaba, se fue agachando en la fosa, con un vaivén casi danzarín ante los ojos del hombre. Le costó abandonarla. Pero sabía que debía dejarla, que había llegado la hora.
- Feliz noche, mi Dama. Volveré a traerte comida.
Con las manos desnudas, colocó las losas encima, con cuidado, con un amor inusitado que no había creído volver a sentir nunca. Después recolocó la lápida: Fosa L-357.
- ¿Averiguaré tu nombre algún día? – se preguntó. Y abandonó poco a poco el lugar. Tenía que buscar una víctima.
Amanecía.
domingo 10 de abril de 2011
El Hada Azul y las Flores de Luna
-- Mariah, el jardín floreció. Hay miles de flores azules que ayer no estaban.
-- Fue el Hada de las Flores de Luna, cielo. Vino a verme esta noche – murmuró ella con voz apagada.
Contempló su rostro desmejorado y su pelo gris; a pesar del claro envejecimiento, aquellas arrugas no enmascaraban la jovialidad de la que se había enamorado hacía ya doscientos cincuenta años, cuando Mariah se le tiró encima para que no talara un árbol en el Bosque Oculto, en el que después construirían su casa. Tomó su mano ajada por la edad y el frío de las mañanas y la acercó a su mejilla.
-- Tonto… Tus ojos siguen mostrando enojo. A pesar de casarte con una Protectora de Hadas, sigues enfadándote conmigo.
El esfuerzo de la frase le hizo toser y Lucho, preocupado, le acercó un vaso de madera a los labios. Aún contenía unas gotas de agua que procuró que le cayeran dentro de la garganta.
-- Vino anoche… Dejó en la cocina unos ingredientes para una tisana curativa y…
-- No hables, Mariah. Eso te agota.
Pero ella había cerrado los ojos y parecía dormida. Lucho permaneció aún unos minutos con su mano en la mejilla, para paliar el frío de aquella mañana de primavera. Volvió a dudar de nuevo si cerrar o no las ventanas y observó una bruma azulada en los jardines. “Es anómalo”, se dijo algo confundido.
Arropó con cuidado a su mujer, metiendo la mano debajo de la frazada. Tomó el vaso y abandonó la alcoba. En la cocina lo lavó con cuidado en un balde de madera, pensativo, preguntándose si soportaría el quedarse sólo. Cabizbajo, buscó la jarra de agua fresca. Estaba vacía.
Salió al exterior tras arroparse un poco. La mañana no clareaba apenas y el amanecer brumoso tardaba en deshacerse. El pozo de agua se desdibujaba al fondo. Sus pasos eran cautos, no podía caerse; los huesos a su edad ya no eran tan fuertes como antaño y no podía dejar de cuidar de Mariah por un tonto resbalón. Con cuidado izó el cubo. Pesaba más de lo habitual.
-- Con cuidado, hombre. ¿No ves que me estoy bañando?
La voz le sorprendió tanto que estuvo a punto de soltar el cubo. Después el resplandor azul le hizo agarrar la cuerda tan fuertemente que el esparto le hizo daño. Aunque no lo notó en ese instante.
SAGITAS ERICEN
